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lunes, 23 de mayo de 2011

Dedicado a todo el que empiece a sentirse mayor

           Mi generación (y la de todos los que vivamos inmersos en esta era digital) ya puede decir eso que nuestros padres han referido desde que tenemos uso de razón: 'qué tiempos aquéllos'. Me ha parecido siempre una frase concebida para una senectud aburrida que no comprende los tiempos que corren, que se resguarda en un pasado que no volverá por mucho que se empeñe. Sin embargo, sorpresas de la vida, yo ya soy una de esas personas con un pasado lleno de vivencias y cambios.
          Cuando era pequeño, veía dibujos animados que ya no emiten porque han dejado de tener éxito, escuchaba música en cintas de cassette que debía rebobinar con un bolígrafo para no hacerme polvo el dedo y leía libros que hoy se descargan en pdf en un iPad. Qué tiempos aquéllos. Qué tiempos aquéllos en los que se sacaban fotos con cámaras analógicas, los móviles eran poco más que calculadoras con agenda y las abuelas daban 100 pesetas para comprar golosinas.
          Mis fotografías han perdido color. Lo que antes era un reluciente brillo símbolo de proximidad en el tiempo ahora es un mate envejecido y un color ligeramente amarillento que lucha por ser como aquellas fotografías del servicio militar de mi padre. Mis fotografías empiezan a arrugarse, a tener los picos redondeados.
          Hoy comprendo a mi padre cuando dice esta frase. No lo dice por no comprender los tiempos que corren, ni por dar la lata con discursos sobre un pasado aburrido y antiguo, sino por una nostalgia que hoy comienzo a entender. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? No, el presente también tiene su encanto. Pero qué tiempos aquéllos.

viernes, 19 de febrero de 2010

Políticamente (in)correcto



Vivimos desde que nacemos midiendo nuestras palabras. Nos intimida tener que demostrar ante los demás que somos portadores de algún defecto social. No fumamos por no molestar, no nos pronunciamos políticamente por no ofender y ni siquiera llamamos a las cosas por su nombre por si hay alguien que se pueda dar por aludido.


Ya nadie ve porno ni es infiel, o al menos es lo que por cortesía se debe decir. Quisiera encontrar el motivo de esta sociedad del eufemismo exagerado, pero no lo encuentro. No sé si será algún tipo de represión mental alienígena a la que estamos sometidos (he visto la 4ta fase hace poco y aún estoy traumatizado), pero lo cierto y verdad es que, salvo en casos contados, somos tan asquerosamente correctos que perdemos la oportunidad de hacer grandes cosas.

Yo atravesé media Europa en autobús por saltarme el protocolo, sólo para un reencuentro fugaz en París. En otra ocasión me emborraché hasta la médula y sólo sé lo que pasó esa noche por lo que los demás me vieron hacer. Incluso ha habido veces en las que he recurrido al chantaje y la estorsión por conseguir algún objetivo macabro.

¿Alquien más está harto de ser políticamente correcto?

lunes, 26 de octubre de 2009

Quizás

No hay mejor sensación que salir a la calle y notar el frío de la mañana y la humedad de toda una noche de rocío. Notar el vaho saliendo de la boca, el calor de la bufanda rodeando tu cuello y la sensación de tener las manos heladas.

En invierno todo tiene encanto, y no hablo de la Navidad. Montarse en un autobús puede ser la mejor experiencia del día: calidez y cristales empañados. Quién sabe si como este cristal que yo encontré:



Quién sabe quién dibujó ese corazón en el cristal empañado, mojando su dedo con la fría humedad de la ventana. Quién sabe si fue una chica enamorada, un adolescente o una señora con ansia de juventud. Quién sabe si era alguien que se dirigía al hospital, o alguien que debía hacer un viaje en el que dejaba su amor atrás. Quizás lo dibujó una niña pequeña camino de la escuela o un enamorado de la vida. Quizás fue un poeta que ahora está leyendo estas líneas. Quizás lo hizo una madre separada. Quizás fue una mujer embarazada. Quizás lo hizo el abuelo que acompaña a su hija a casa. Quizás fue Pedro. Quizás fue María. Quizás fue alguien triste. Quizás fue fruto del desamor.

Quizás.

domingo, 17 de mayo de 2009

El as de rompecorazones

Él se levantaba todos los días sin la intención de hacerle daño a ninguna chica, pero era inevitable que todas se fijaran en él cuando entraba en cualquier fiesta vestido de Tom Ford, con su peñuelo en la solapa y sus zapatos relucientes. Todas caían rendidas al encanto de sus gestos, al brillo extraño de su mirada y a las sonrisas que regalaba al mundo.

A todas las llevaba a su casa de cuatro plantas en pleno centro de la ciudad y todas accedían gustosas a ocupar las sábanas de su cama durante toda la noche, agarradas a su cabello rizado rubio, a sus brazos varoniles y a su extremada belleza angelical.

Todas sin excepción iban pasando por su vida sin marcar más de lo que marcaba una tarde de frío; nada. Guardaba los zapatos que se dejaban olvidados al ser echadas sin contemplaciones de la cama, las gargantillas que quedaban reposadas en la almohada cuando él decidía que no quería que la noche trascendiera... Coleccionaba las almas de esas chicas en el más romántico de los lugares: en el cubo de la basura.

Su corazón nunca se aceleraba. Siempre mantenía una quietud casi inhumana y jamás se conmovía. Nada lo hacía bajar de su nube, hasta que en esa fiesta la conoció.

Llevaba un vestido precioso y unos guantes de cuero de Yves Saint-Laurent. En sus ojos se reflejaba el brillo de las perlas de su cuello y su pelo largo y perfecto caía a través de su pecho con un desorden celestial. La vio conversar, sonreír y disfrutar. Después la vio en su Rolls-Royce camino a la casa de cuatro plantas. La vio en sus sábanas. La vio en sus sueños, en sus días, en sus noches. La vio en cada suspiro y en cada latido de su... corazón.

La vio en ese hotel de cinco estrellas. La vio disfrutar como otras muchas noches. La vio desnuda una vez más... Pero no la vio marchar.

Cuando abrió los ojos por la mañana algo cubría la cara de este Casanova. Era su pañuelo de seda blanca con la marca de su carmín impresa en él. Era el síntoma inequívoco de su ausencia. Se había vuelto a quedar solo, envuelto en las sábanas de ese hotel de cinco estrellas...

El as de rompecorazones sólo la quería a Ella.