Mi generación (y la de todos los que vivamos inmersos en esta era digital) ya puede decir eso que nuestros padres han referido desde que tenemos uso de razón: 'qué tiempos aquéllos'. Me ha parecido siempre una frase concebida para una senectud aburrida que no comprende los tiempos que corren, que se resguarda en un pasado que no volverá por mucho que se empeñe. Sin embargo, sorpresas de la vida, yo ya soy una de esas personas con un pasado lleno de vivencias y cambios.
Cuando era pequeño, veía dibujos animados que ya no emiten porque han dejado de tener éxito, escuchaba música en cintas de cassette que debía rebobinar con un bolígrafo para no hacerme polvo el dedo y leía libros que hoy se descargan en pdf en un iPad. Qué tiempos aquéllos. Qué tiempos aquéllos en los que se sacaban fotos con cámaras analógicas, los móviles eran poco más que calculadoras con agenda y las abuelas daban 100 pesetas para comprar golosinas.
Mis fotografías han perdido color. Lo que antes era un reluciente brillo símbolo de proximidad en el tiempo ahora es un mate envejecido y un color ligeramente amarillento que lucha por ser como aquellas fotografías del servicio militar de mi padre. Mis fotografías empiezan a arrugarse, a tener los picos redondeados.
Hoy comprendo a mi padre cuando dice esta frase. No lo dice por no comprender los tiempos que corren, ni por dar la lata con discursos sobre un pasado aburrido y antiguo, sino por una nostalgia que hoy comienzo a entender. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? No, el presente también tiene su encanto. Pero qué tiempos aquéllos.




